La asesina, Aléxandros Papadiamantis

El pasado día 8 de febrero tuvimos una sesión del grupo de Leer Juntos para comentar la novela La asesina, del autor griego Aléxandros Papadiamantis. En esta ocasión contamos con la presencia de Georgios Ararás, graduado en Filología Helena por la Universidad Aristotélica de Tesalónica y becario en la Sección de Griego Moderno en la Universidad de Zaragoza, quien nos hizo una introducción sobre el autor y su obra,  y  con la presencia, vía Skype desde Atenas, de Laura Salas Rodríguez, licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Málaga y traductora al español de La asesina. Laura nos comentó las dificultades que había entrañado la traducción de un libro tan complejo y tan emblemático para la literatura griega contemporánea y nos aportó su visión enriquecedora sobre esta sorprendente novela y su autor.

Para leer un cometario sobre la obra, seguid leyendo.

   

Φóνισσα! Φóνισσα! (fónisa, fónisa) “¡Asesina! ¡Asesina!”, pronunciaba el agua parlante que, cual voz de la conciencia, perseguía la atormentada huida de la protagonista de la novela del escritor griego Aléxandros Papadiamantis; pero la vieja Jadula no había cometido δολοφονίες (dolofoníes), asesinatos a traición; sino que, cual maga-sacerdotisa (μάγισσα), realizaba sacrificios rituales intentando evitar a sus pequeñas víctimas –φονεύματα (foneúmata: ‘aquello que está destinado al sacrificio’)– el sufrimiento de la existencia en un mundo que predestinaba a las mujeres a una vida llena de pesares y sufrimientos y sin posible escapatoria. 

 

En la portada de la edición de la editorial Periférica, aparecen las manos poderosas de una mujer que es capaz de aliviar, sanar y, a la vez, cometer infanticidios con la piadosa perspectiva de ahorrar suplicios a las inocentes criaturas.

La protagonista de la obra es una vieja de casi sesenta años: “una mujer bien hecha, de rasgos hombrunos, de energía masculina y con un asomo de bigote sobre los labios”, celestina, charlatana, curandera, lista como un rayo, que al haber ejercido de partera, sabe lo que vale la vida de una niña en aquella sociedad de principios del siglo XX: “Pero vamos a ver, dígame usted si hacía falta que nacieran tantas niñas. Y si nacen, ¿vale la pena criarlas? Mejor que no salgan adelante”, Hasta las niñas de buena familia (tan raras entre su sexo) mueren más que las incontables hembras de la pobreza. ¡Las niñas de esa clase son las únicas que tienen siete vidas! Parece que se multiplican a propósito, para castigar a sus padres, desde este mundo ya.” 

Aléxandros Papadiamantis, autor griego del siglo XIX, que a menudo aparece etiquetado como costumbrista, supera con La asesina el determinismo decimonónico y hace una reflexión sobre la mujer, su situación y papel en la sociedad, que el autor retrata con amargura en la persona de Fragoyanú, una de tantas mujeres de las islas o las poblaciones pequeñas de aquel estado griego recién inaugurado, marcada desde su nacimiento por el azar de haber sido niña y no varón. 

En una sociedad mermada por las guerras, la pobreza y la emigración masculina, donde la tradición exige de la mujer una generosa dote (una vivienda, terrenos y dinero en metálico, además del ajuar) para poder acceder al matrimonio y liberar así a los padres de una pesada carga, nacer mujer o engendrar niñas es casi una maldición, o al menos a esa conclusión llega nuestra asesina tras una muy difícil vida en la que solo ha contado con su ingenio (una mente femenina, que se dice en griego, por su capacidad de resolución) para sortear las sucesivas olas que la han azotado desde su llegada al mundo. De hecho, para su madre, también curandera y acusada de brujería,  siempre ha sido un estorbo; su familia dejará la mejor parte de sus bienes para el varón de la casa, portador del apellido y el linaje, y buscará para ella un marido conformista y simplón, que acepte cualquier propiedad ruinosa como dote. Del mismo modo, también ella, madre de niñas y varones, percibirá la existencia de estas como un verdadero lastre en su vida, ante la imposibilidad de encontrarles marido a todas. Por su parte, los varones son educados por esas mismas mujeres en la permisividad y libertad total, y así los hijos de la protagonista la olvidan a ella y a sus hermanas una vez que parten a hacer las américas… Otro de ellos maltrata a su madre viuda y apuñala a su hermana, pero las dos lo encubren e interceden por él ante la autoridad.

 

 

La protagonista halla la solución al oneroso destino que persigue a cuantas mujeres prolongan esta maldición bíblica dando a luz a otras mujeres: “que no se salven, que no crezcan más”. Un apretón en el delicado cuello de un bebé aleja tantos quebraderos de cabeza… llegando a considerar la suya una misión bendecida por el cielo, incluso cuando la justicia humana la empieza a perseguir: ”lo que había hecho tanto antes como ahora lo había hecho para bien”, transformando esta historia en un acto religioso sobre el ser humano, sobre su capacidad para superar el peso de una realidad miserable y oprimida, transida por la angustia de existir, por la imposibilidad de ninguna justicia, divina o humana, como en la última frase de esta obra maestra: “La vieja Jadula encontró la muerte en el paso de San Salvador, en la lengua de arena que une la roca con la tierra, a mitad de camino entre la justicia divina y la humana.

 

 


El telón de fondo es la naturaleza griega de la hermosa isla de Skiathos, que vio nacer al escritor, convirtiéndose en otro personaje más de la obra, que participa con el rumor del agua fresca que mitiga la sed de la fugitiva o el fragor de las olas que rompen salvajes en su escondrijo; con los rayos de sol que convierten en diamantes las gotas de rocío y disipan el frío que acucia la noche del alma de la asesina; con los pájaros que, para envidia de Fragoyanú, reinan libres sobre paisajes nunca vistos por los lugareños; o con las arenas que se abren bajo los pies de la anciana cuando la marea sube terrible y veloz, como la llegada del ángel exterminador.